miércoles, 12 de julio de 2017

Cabeza de ratón


Hace ya unas cuantas semanas que no publicamos en el blog, pero es que la situación en nuestro hospital no nos deja demasiado espacio para poder centrarnos en otras cosas.

Entre todo lo relacionado con el periodo estival (nuevos profesionales, programación de actividad, etc), el nuevo hospital al que algún día nos trasladaremos (y sobre el que vamos trabajando "despa-cito") y, sobre todo, la reciente reclamación sindical de segregarnos de nuestro área de gestión, consumen casi todo nuestro tiempo.



Pero si hace unos meses nos atrevimos a analizar lo que estaba pasando en Granada ¿Cómo no íbamos a atrevernos a opinar sobre lo que está pasando en el Campo de Gibraltar?



No sorprenderemos a nadie si decimos que el Campo de Gibraltar es un entorno socioeconómico y político muy particular, marcado por los localismos y el tradicional uso de las estructuras sanitarias en la confrontación política (en cada municipio y entre municipios).

En ese escenario, en 2003 se constituyó el Área de Gestión Sanitaria del Campo de Gibraltar, donde se incluía el hospital de La Línea, siendo el tercer área de gestión sanitaria más antigua de Andalucía y la primera, y única, de toda la comunidad con 2 hospitales comarcales.

Dos hospitales comarcales, uno mediano y otro decrépito, y con plantillas diferentes, una joven y de carácter cuasi-universitario y otra avejentada, que debían aprender a convivir integrados con un distrito de atención primaria dividido en dos mitades orientadas a cada uno de ellos.

En definitiva, casi una quimera.

La inexorabilidad de los ejercicios presupuestarios, el acrecentamiento de los localismos, la crisis económica (y sus consecuencias), la reducción de la estructura directiva (cuando se decidieron las fusiones) y las jubilaciones (y sus nulas tasas de reposición) terminaron ejerciendo un efecto perverso. 

Dos hospitales que debían trabajar juntos pero que, inexorablemente, se iban orientando en sentidos contrarios. Uno quería crecer para convertirse en hospital de especialidades y de referencia y, el otro, el nuestro, que apenas se conformaba con sobrevivir.

Posiblemente la falta de una política directiva que impulsara definitivamente el proyecto y la cultura de área (el informe de la cámara de cuentas del que hablamos en este blog en 2011 habla de ello) o el proyecto de apertura de un nuevo hospital en La Línea que venía a sustituir al viejo y pequeño y que, en el fondo, suponía romper con estos precarios equilibrios, eran los ingredientes que le faltaban a un coctel ya de por si casi imposible.

El transcurrir de los años y el deterioro constante y soterrado de los equilibrios de poder entre ambos centros fue configurando un escenario en el que el hospital grande iba parasitando los recursos del pequeño al tiempo que el pequeño se iba haciendo más pequeño y menos atractivo y siendo entendido como un lastre para el que se cree grande.

Las consecuencias se han ido sucediendo: falta de especialistas de muchas especialidades, sensación de falta de liderazgo y capacidad de decisión en el hospital de La Línea, proyección de decrepitud de las instalaciones y así una lista casi interminable para generar un clima social y laboral nada confortable.


¿Qué tenemos hoy? 

Un hospital que se considera de especialidades que vampiriza al viejo hospital vecino que languidece mientras espera con ansias el traslado al nuevo edificio, un traslado que no llega nunca (pese a las reiteradas promesas políticas)

En este escenario, es entendible que tanto la ciudadanía (solo hay que ver el número de firmas que lleva la campaña en Change.org o las recogidas en las mesas informativas), los profesionales como los políticos del Campo de Gibraltar crean que el proyecto de área está acabado.

Nosotros siempre hemos defendido en público y en privado la idea del área de gestión, de que con impulso político y proyecto, la situación se podía revertir. Pero nos hemos ido quedando sin argumentos. Más aún si tenemos en cuenta que, como bien explica Sergio Minué en esta magnifica entrada, tampoco podemos afirmar sin dudar que el modelo de áreas integradas sea el mejor modelo posible. 

Así que, llegados a este punto, quizás lo mejor para todos, sobre todo para los ciudadanos del Campo de Gibraltar, sea hacer una especie de borrón y cuenta nueva. Hacer una reseteo en el que se reconozcan errores, se planteen soluciones, se rediseñen las carteras de servicio (incluyendo servicios y unidades intercentros) y se vuelva a escribir un proyecto de área pero, esta vez, dividido en dos partes.

Una solución en la que todos pierden un poquito pero en la que todos ganamos también un poquito. Quizás un área de gestión sanitaria para cada hospital permita que el hospital que aspira a ser grande pueda jugar a ser cola de león y que el otro, el hospital que con el nuevo edificio ya no será tan pequeño, vuelva a ser querido, reconocido y respetado siendo pequeño.

Quizás lo mejor sea dejar que el hospital de La Línea aspire en pequeñito, que aspire solo  a ser una de las mejores cabezas de ratón del sistema sanitario público de Andalucía.


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martes, 13 de junio de 2017

Generación R.A.S.P.



Entre una cosa y otra, hace ya mas de un mes que no publicamos. Y no es que no tengamos cosas que decir o cosas sobre las que hablar, pero entre los líos que tenemos en nuestra zona, terminar el curso académico y atender a la familia, los días pasan y no nos sentamos a escribir.

En estos días hemos leído muchos artículos pero el artículo ¿Tiene remedio la administracion? publicado en La Vanguardia y reproducido en el blog de la Fundación  Factor Humano fue el que más nos ha llamado la atención. 

El autor del artículo habla de que la administración pública está abocada a adaptarse a los nuevos tiempos y para ello deben confiar en el talento de sus trabajadores, sobre todo en aquellos que se sienten incomodos con la falta de innovación y que se rebelan cada día, en el cambio cultural y en el rediseño de las estructuras organizativas.
"Los que conseguirán adaptar la administración son esta parte de gente más innovadora y emprendedora, esos profesionales que no quieren sentir la incomodidad de pertenecer a organizaciones que perdieron el tren de la actualización"
Un artículo más que interesante muy en la línea de lo que invitados de excepción, Miguel A. Manyez, Julio Mayol, Patricia Alonso-Fernández y Marian García, denominaron  como Liderazgo Hereje en el debate por el 25 aniversario de Diario Médico.

También muy en la línea de los diez valores de los líderes del siglo XXI que Joan Carles March enumera allá donde va.


Pero como solemos decir, la realidad suele ser distinta. Y lo normal es que pase lo que expone con amargura Susana Caballero en su blog, lo normal es  tengamos la sensación, como comentan en Hablemos de Liderazgo,de que el talento esté maldito. De ahí que haya quien asevere que, en el fondo, las empresas lo que prefieren son líderes que no hagan ruido, se sepan ponerse de perfil, de perfil bajo o, como dicen en esta publicación de Yorokobu, directamente estúpidos.

Posiblemente sea porque la generación X, muchos más preparada que su predecesora como comentan en este artículo del Observatorio de Recursos Humanos, peque precisamente de eso, de exceso de preparación que choca con el tapón de la generación previa.


Puede ser que nos ocurra como nos pasó cuando en 1995 nos llamaron generación JASP como reclamo publicitario para vendernos un coche. Lo que pasa es que han pasado 20 años y ahora somos más bien una generación de RASP, una generación de Rebeldes que sigue estando Sobradamente Preparada... y aún poco reconocida.

Aun así, como reza la leyenda de la imagen de cabecera, seguiremos bailando... y disfrutando.


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viernes, 5 de mayo de 2017

Heroes de lo Cotidiano



No es la primera vez que en este blog hablamos de rebeldía, de hackear, de ser troyanos pero es que la reciente noticia de el mismísimo MIT que ha pensado en premiar a los desobedientes y a los que rompan las reglas y el post "Romper las Reglas" del amigo Miguel Ángel Manyez, desde hace años una de las inspiraciones de este blog, hacen que volvamos a hablar del tema.

A nosotros también nos gustó el texto de José Cabrera, pero creemos que esta entrada de Andrés Ortega sintetiza mejor cuales son las 5 características que debería tener ese rebelde de las organizaciones.
El problema es que, como nos decía hace mucho tiempo Rosa Andrade (desde hace mucho tiempo desaparecida del panorama 2.0), otrora responsable de del nacimiento de Red Salud Andalucía, las organizaciones publicas son como grandes transatlánticos y los que queremos hacer las cosas de otro modo vamos en barcas hinchables y así es imposible hacerlo cambiar de rumbo. 

Aunque existen iniciativas loables que pretenden acelerar este proceso, el diario de las organizaciones es tan distinto que está a años luz de lo teórico, de la utopía o del romanticismo de las ideas de estos textos. 

La realidad de las organizaciones está minada de trampas, de aviesas suposiciones y de reuniones inservibles. Una especie de enjambre de alambres de espinos que a la par sirven para limitar los espacios y las responsabilidades como de frontera para quién pretender atravesarlas. Obviamente, en este escenario, de hackear, de redarquia, holocracia y otras formas de organización no se habla en los pasillos.

Más bien todo lo contrario. Se habla de valorar si merece la pena, de limitarnos a hacer lo que se dice, de no levantar la voz...

Por eso ser rebelde no es fácil. La tentación de tirar la toalla es grande, máxime cuando es frecuente recibir recomendaciones, estamos seguros que hechas desde el cariño, de que para crecer profesionalmente es mejor almibarar los mensajes y las expresiones, es mejor no hacer ruido, es mejor pasar desapercibido, es más sensato no contravenir las instrucciones (aunque sean manifiestamente erróneas), en definitiva, que es mejor no ser rebelde.

Afortunadamente en nuestro caso, cada vez que escuchamos expresiones como "respetar el orden jerárquico" o "por el conducto reglamentario" nos entra un escalofrío que nos devuelve a nuestro estado natural. 

Automáticamente se nos remueve todo lo leído sobre liderazgo transformacional, sobre  cambios de la cultura de las organizaciones, sobre intraemprendimiento, sobre gestión de personas y grupos. Durante unos segundos perdemos la esperanza de que, algún día, la mayoría de gestores y personas con alguna responsabilidad en las empresas publicas tengan algunas de las 5 competencias claves del líder del siglo XXI también de Andrés Ortega.



Pero rápidamente volvemos a tomar conciencia de cuál es el objetivo: hacker el sistema desde dentro demostrando que las cosas se pueden hacer de otro modo desde la rebeldía. 

Por eso seguimos en la brecha, trabajando despacio pero sin descanso, moviendo piedra a piedra, siendo conscientes de que Roma no se construyó en un día, sobre la base del decálogo de la Cultura Hacker, tratando de ser eso que Iñaki González llamó ayer en las XIII Jornadas de Enfermería de Navarra Héroes de lo Cotidiano, como tanto otros héroes anónimos que no desfallecen y siguen intentándolo cada día.



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viernes, 28 de abril de 2017

y qué si la abuela fuma


Que estamos viviendo un momento socialmente convulso es una obviedad. Que las sociedades occidentales están replicando cosas que se vivieron a principios del siglo pasado también lo es.

Esta convulsión social nos empuja a posicionarnos ante casi cualquier acontecimiento o movimiento social, de un bando o de otro. Vivimos en un cainismo social tan tenso y cansino que apenas hay espacio entre el blanco y el negro.

Y casi sin quererlo, la enfermería española, con una carencia histórica tan grande de renovación de sus referentes y de sus referencias, no iba a quedar ajena a este fenómeno.

El gran cambio del principio de este siglo con respecto al anterior es la presencia de las redes sociales. Ahora todo este fenómeno es visible, al menos para esa parte de la sociedad que está inmersa en las redes. Y esa visibilidad, lejos de servir para mejorar la imagen pública de una depauperada profesión puede que esté sirviendo justo para lo contrario, para mostrarnos en paños menores y sacar a relucir nuestros complejos y contradicciones, en lugar de nuestras fortalezas y oportunidades de desarrollo.

Mientras una pequeña parte de la profesión se organiza y moviliza (fundamentalmente en entornos 2.0) en forma de insurgencia contra un poder que lleva años establecido y perfectamente pertrechado, otra parte, también pequeña (a tenor del número de asistentes a las elecciones de los órganos de los colegios profesionales) sigue apoyando las corruptelas y turbiedades de esa parte que lleva años controlando con “manu militari” los entresijos y que va a poner su broche final en un evento mundial que, a tenor de los últimos movimientos, parece que no va a colmar las megalomaniacas aspiraciones de sus promotores, y que pagará un grueso de la profesión que ni se entera.

Al mismo tiempo, se suceden las iniciativas puntuales, y llevamos ya unas cuantas a nuestras espaldas, la mayoría bienintencionadas y moralmente intachables, pero al mismo tiempo superficiales y que apenas penetran en el grueso de la profesión y que mueren tal como nacen, en el agotamiento de la buena intención de unos pocos. Iniciativas que reclaman visibilidad luchando contra nuestros propios símbolos sin pararse en crear nuevos o, directamente, creando nuevos sin pararse a pensar que antes tenemos que generar suficientes cimientos.

Y por último gente que aprovecha el tirón para vender su libro, su evento, su jornada, su último trabajo de investigación o su doctorado cum laude. Todo totalmente lícito e incluso envidiable.

En definitiva, una especie de todos contra todos en el que nadie gana y quién pierde es la profesión en su conjunto.

Porque lo malo de este escenario es lo difícil que es saber a ciencia cierta qué es lo mejor para el colectivo, fundamentalmente porque a una parte enorme del grueso de la profesión le importa un pimiento todo lo de antes. Quizás esto esa lo único indiscutible del actual escenario.

Al final cómo escuchamos decir a un sabio de esto (@gutiseque) “la enfermería se construye, piedra a piedra” cuidado a cuidado, dejando que cada uno aporte su parte y no limitando/criticando lo que hacen otros mientras nosotros no somo capaces de poner nuestro grano de arena.

Somos más de mirar la paja en ojo ajeno que la viga en el propio, y nos preocupa más que nuestro entorno crezca a nuestro propio crecimiento. Mientras nos preocupe más si nos identifican “con cofia o sin cofia” que qué aportamos a la sociedad del futuro, mientras sigamos echandole la culpa al de enfrente en vez de hacer análisis sobre nuestra propia talla profesional, nos seguiremos quedando en la superficie y no en el fondo.

Mientras no nos plantemos y seamos capaces de comprendernos en vez de reinventarnos, seguiremos pensando que lo importante es “que si la abuela fuma…”.


Post publicado en el número de mayo de la revista “Nuestra Enfermería FanZine”

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